viernes, octubre 26

pasos felinos


El sonido lujurioso de su respiración volaba hasta mí desde su cuarto embrujando todo a su paso. Ella acostumbra dormir con la puerta entreabierta porque dice tener un poco de claustrofobia. Recostado en el sofá frente a su dormitorio, dando vueltas por el frío, imaginé que recibiría el regalo de sus pasos acercarse despacio, seductora y arriesgada, cubierta sólo por esa ropa de dormir que tan bien le queda.
Pero mi realidad era muy distinta porque ella no vendría. Ya eran las cinco de la mañana y hacía horas que se había retirado a dormir después de esa humillante conversación en la que, fuerte y claro, expresó su miedo a una relación, rematando con el clásico me encanta tu compañía y no quiero perderte como amigo, y un montón de palabras más que nadie estaba escuchando; sólo mis ojos seguían sus labios en movimiento que con una crueldad inédita derrumbaban el discurso que tenía preparado.
Me fui de su casa con la primera excusa que se me vino a la cabeza; y caminé amargado, cabizbajo, arrastrando mi frustración por el cemento hasta terminar merodeando los bares de Lebu que tuvieron la gentileza de dejarme solo en medio de la calle, en medio de mi fracaso, en medio de mi angustia: “No puedo atenderte, ya nos vamos”, o “Estoy cerrando, amigo”, mientras las risas dentro del local retumbaban hasta el otro lado del pueblo. Pero uno sabe siempre dónde hay una farmacia que remedia los males del mundo, así que fui a las alturas y me aperé de un par de botellas de cavernet-sauvignon. Y a poco de quedar extasiado con las emanaciones saturnales de Baco, repartí abrazos y besos a los borrachos que se cruzaron en mi camino hasta que me armé de más valor y otra vez emprendí rumbo hasta su casa, escupiendo mi rabia por las calles de Lebu, increpando maldiciones entre la niebla, desafiando al mismísimo quinto infierno a enfrentarse con mi ira, con el poder de mi argumento, con mi inteligencia prensada por su rechazo, chamuscada como la revelación que le había preparado palabra por palabra, tan irreal como las caricias que nunca le di, como el hombro que jamás me solicitó en la desventura, como la necesidad “inapelable” de hablar con ella a las cinco de la mañana para aclarar las cosas “ahora mismo”, según le dije al llegar.
¡¿Viste la hora, descarado?! Ya... Pasa y quédate en el sofá porque yo voy a seguir durmiendo.
Y ahí estaba, tiritando en su sofá, tapado apenas con mi flaca chaqueta y el rumor del mar en el solsticio, e imaginaba qué diablos iría a decirle por la mañana para arreglar la chambonada. Estaba muy nebuloso todavía como para especular sobre un contraataque siniestro disfrazado de disculpa para asumir más dignamente la negativa.
Todo esto me hacía sospechar que, con suerte, el futuro me deparaba una interminable vida mirando su rostro de “amiga”, lo que no estaba en mis planes, o simplemente debía asumir que tal vez lo más sano para todos era dar vuelta la hoja y desaparecer en las tinieblas del anonimato. En eso estaba enfrascado cuando la sentí inquieta en su cama, ponerse las pantuflas y echar a andar sus pasos felinos hasta mi lecho improvisado, reencarnando mi alma moribunda desde las cenizas de una noche malograda; unos pasos sigilosos que resucitaron de golpe mis quijotescos anhelos de una dulcinea eventualidad. Me figuré rodando por el piso en un desenfrenado concurso de quién reparte más besos al otro, deshojando sus atuendos como un otoño violento e inesperado; vi los rayos de luna que se filtraban por las persianas dibujando sus contornos, sus hendiduras, e iluminaban sus ojos desnudos vociferando brillos de complacencia; todo eso imaginé mientras sus pasos furtivos ya llegaban a mi lado. Comencé a sudar antes de tiempo, cerré los ojos para fingir estar dormido e incluso me di un par de vueltas de acomodo para recibirla como corresponde; cuando el sonido de sus pasos se detuvo detrás del sofá estaba listo para rodearla con mi capa de vampiro y enterrarle mis colmillos hasta hacerla inmortal, pero sentí deslizar un cobertor encima mío que me tapó por completo. Ella no quería despertarme así que se fue a dormir al igual que llegó, fantasmal y satisfecha de haber hecho la buena acción del día; y yo, más desvelado que antes, me quedé viendo cómo los rayos de luna se confundieron con la luz del sol que más pronto de lo esperado iluminaron todo.
El hiriente fulgor de la mañana llegó fatalmente hasta mi falso ataúd para hacerme arder en un suspiro y convertir a este Nosferatu en una nube de vapor etílico cuyo destino estaba sellado, marcado por el hervidero de pensamientos lúgubres que ceñidos contra el piso me demostraron que si hay algo que me sobra en este mundo son las amigas, las buenas amigas, las amigas de verdad... Y qué diablos.


Fulvio Casanova Gallegos

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